domingo, 13 de diciembre de 2009

Una histérica pre-Navidad

Las principales fiestas de diciembre se acercan. Arrastran con ellas experiencias bonitas y agraciadas como algunas inciertas. Un recorrido corto, pero lleno de evidencias, lleva a Oswaldo J. Hernández a ver los elementos que transforman a la ciudad en una neurótica.
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Entramos en la época de los trastoques cotidianos. Una serie infinita de cambios. Minúsculos algunos, como un arbolito de Navidad lleno de humo en el interior de un autobús. Mayúsculos y evidentes otros, como las luces que adornan las grandes avenidas y las plazas.

Se acerca la Navidad. Y mientras entramos poco a poco en ella, las ciudades, incluida Guatemala, engendran una realidad paralela, temporal y plagada de personajes que rozan el género de ficción.

Basta con recorrer una calle cercana a un centro comercial, o caminar por ahí, para embutirse de evidencias y denunciar que además de buenos deseos y paz, la Navidad también puede contener a la histeria y a la neurosis.

Ayuda psicológica
No estoy en una óptima postura para hablar de la histeria y la neurosis así nada más. Quedaría ridículo con el sólo hecho de dar argumentos al azar, de psicoanalistas importantes tipo Sigmud Freud o Jaques Lacan. Reconozco la necesidad de pedir ayuda. Ayuda psicológica… urgente y empezar de buena manera este artículo.

El caso acá será indagar desde una perspectiva presencial, la histeria que invade la ciudad en las antesalas navideñas. Alejarme de la típica consulta académica, de buscar al psicólogo o al psiquiatra para que me diga que todos estamos un poco locos y que antes de la Navidad este tipo de manía tiende a inflarse en proporciones azarosas, en dimensiones colectivas.

Por suerte, para dicha labor, cuento con un contacto primordial, para que narre algunas escenas de la época. Un disidente. Y no digo cualquier disidente. Alguien que abandonó la carrera de psicología (¿sexto, séptimo semestre?) y se dedicó a las ventas callejeras. Rubén se llama, apellido, Kunil.

Histeria más neurosis
Rubén Kunil me cuenta que lo primero que necesita mi artículo es un lugar, en sus propias palabras, “panóptico”. Por tanto, me cita en la Plaza Mayor de la Cons-titución un domingo, antes del mediodía, en diciembre y en vísperas de la Nochebuena.

Por supuesto, la Plaza es un hervidero de gente, de ventas, de Navidad. “Algo que cualquiera puede deducir como histeria”, dice Kunil, sentado cómodamente en uno de los bordes de la fuente del Parque Central y agrega que “hay que tener cuidado con estas primeras impresiones”. Detrás de sus lentes oscuros dice que “ingenuamente la gente tiende a confundir, más por estas épocas, dos cosas diferentes: la neurosis y la histeria”. Nomás ha pronunciado esto, cuando repentinamente se levanta y se echa a correr, correr como un animalito: “seguime”, dice; “apurate”.

Al parecer algo sucede, no sé muy bien qué, pero Kunil tiene una conducta convincente. Voy detrás de él (como un animalito); sigo su camisa azul percudida, el cabello ni muy largo ni muy corto.
El paso de Rubén es moderado, de alguien que roza los 50 años. “¡Apurate mijo!, tenemos suerte”.

Llegamos a la entrada de las ventas de la Sexta Avenida (8a. calle y 6a. avenida) y en el suelo hay una mujer, bien arreglada, entrada en la década de los cua-renta, que está sufriendo un ataque. Grita y amenaza a la gente de su alrededor con un camioncito de madera en la mano. Según testigos, o al menos eso comentan, peleó acérrimamente con otro señor por la compra de unos juguetes. Perdió la batalla y ahora está gritando. Sus imprecaciones son inentendibles.
Pregunto a Kunil si no piensa intervenir; digo, con algún talento psicológico o cualquier cosa.

Recibo su mirada fría y me recuerda una de las primeras frases que tuve oportunidad de escucharle (lo conocí hace pocos años atendiendo su pequeño puesto misceláneo sobre la 6a. avenida): “En lo único que creo es en la materialidad del alma, oíste”. Y espeta, como cotejando su faceta psicológica con la de vendedor: “Y la materialidad de esa alma es esto que esta-mos presenciando, un tipo de ontología radical relacionada con el consumo como un determinado compuesto de acto y potencia”.

Sus palabras me remiten a alguna clase recibida sobre la figura filosófica de Santo Tomás, pero en sentidos antagónicos y contemporáneos. Lo mejor es obviar esa parte e interrumpir a Kunil: “Ok Rubén, tranquilo”, le digo, y lo indago: “¿Pero qué podés decir del ataque de esta mujer?”. Y con calma responde: “Es fácil. Mirá, el psicoanálisis corre siempre el riesgo de morir si renuncia a sus mitos originales. Jaques Lacan preguntaba esto todo el tiempo ‘¿Adónde se han ido las histéricas de antaño?’. Se refería, me atrevo a decirlo, a un ejemplo como este (la señora gritando) que encaja en ese perfil de histeria; es decir, ejemplifica el nacimiento del psicoanálisis que Freud inauguró como un modo totalmente nuevo de relación humana: la detección de las enfermedades psíquicas, ‘curables’ mediante una terapia de la palabra”.

“¿Pero en relación con la Navidad?”, contextualizo mejor mi pregunta.

“Esperate que te explico. La histeria –dice– nace desde tiempos griegos como una hipocondría femenina y como antecedente a la neurosis. En lo personal, te digo que sin Freud el asunto no hubiese sido encauzado, aunque por otra parte, no hubiese sufrido de tantas dimensiones variables”.

En este punto la mujer del ataque se calma y llora frente a todos. Rubén anuncia: “Yo no soy psicólogo pero esto es histeria, histeria navideña”.
“Explicate, Rubén. Dejá de jugar”, exijo. Ahora es él quien me tranquiliza: “No te pongás neurótico”.

Muchas neurosis
Los bomberos han llegado y atienden a la señora histérica. Mientras se la llevan, solicito a Rubén que nos alejemos. Empezamos a caminar sobre la Sexta. “Este año estamos un poco histéricos”, me confiesa.

“Quizá sea el último año de los vendedores ambulantes en estas calles... Eso nos pone histéricos. Espero y no hagamos muchos bochinches”, dice, y sonríe maliciosamente. Mira además con cierta nostalgia incómoda los ornamentos que la Municipalidad ha colocado sobre la calle.

Más adelante, cerca del Centro Comercial Capitol, hay un reportero que entrevista a algunos vendedores. Acaban de cerrar la avenida, lo que resulta una for-malidad práctica para los cientos de guatemaltecos que buscan en ella el estreno de la época y adecuados presentes para la familia. No pasan autos, sólo hay ventas sobre el asfalto. Entre todo, el camarógrafo se mueve con cierta facilidad.

Uno pensaría que con casi 50 años, un tipo como Kunil tiene seriedad y no anda con micadas. No obstante, las tiene y más cuando está cerca de un telenoti-ciero. No sé si por dar su opinión o qué, pero me explica: “Disculpá mi neurosis, pero tengo que saludar a los de la colonia”.
Mientras la televisión entrevista a Kunil me dedico a contemplar el alboroto de la gente alrededor, hasta que una llamada me distrae y hago un paréntesis.

Perdido en un Centro Comercial
Es Arturo el que llama. Arturo es el tipo de persona que se ofrece para muchas cosas. Le he pedido “el favor de llegarnos a traer” –así le dije– y aceptó.

Pero como constato en su llamada, Arturo está molesto, muy molesto, al borde de la histeria. “Doña Raquel vos. Sí, la mamá de la Gaby (su esposa) y ella se metieron a este Centro Comercial desde hace tres horas. Yo como a la media hora me salí; no aguanté… ‘Que si este transformer para el fulanito, que si esta muñequita para la menganita’. Y la Gaby también anda viendo lavadoras; en eso se le ocurre ponerse a ver tostadoras, estufas, microondas y un montón de charadas más. Vos sabés que yo prudentemente me hubiera metido a una librería, esas nunca están tan llenas, pero doña Raquel, a última hora, toda nerviosa, se le metió que la ayudara con unos armatostes que compró para su casa de la zona 21. No te voy a poder ir a traer, disculpá”, dice completamente frustrado.

“Arturo, tranquilizate, ¿dónde estás?, te escucho lejos”, digo por decir algo. “Atrincherado en el sótano, aunque cerca de la superficie”, responde. Pobre Arturo, lo imagino dándose pleito con las bocinas, encerrado en su auto, respirando monóxido de carbono y perdiendo poco a poco la calma. Creo que está al margen o ya ha llegado a la histeria. Me causa un poco de gracia, pero opto por no reír.

“Ok, Arturo. Tomaremos un taxi. No hay problema”, y corto la llamada. Creo que me empieza a doler la cabeza. Me zumban los oídos.

“¿No estoy sangrando, verdad?”
Cuando le cuelgo a Arturo reparo la evidente presencia del Centro Comercial Capitol, quizá no como los de las periferias de la ciudad, pero con otras personas también al borde de la histeria. Me causa tristeza. Me causa migraña.

Kunil aún disfruta sus minutos de fama: “Muy silencio usté. Este año ha sido más silencioso que otros. La gente compra menos, se llevan menos cosas; debe ser por la crisis”, explica un dramático Kunil frente a las cámaras.

Luego se despide del reportero, saluda a su colonia, y aprovecho para continuar cuestionándolo: “¿Qué de esta gente, Rubén? ¿Qué me decís: neurosis o histeria?”

Kunil ve a las personas. Todas pasan muy rápido. Finalmente reacciona: “neurosis”, apunta. Y al no detectar ninguna objeción, persiste: “Pero te aclaro que aquí hay que detenerse y depurar otros puntos. La neurosis, a lo largo de la historia siquiátrica, ha sufrido diversidad de evoluciones. Su significado literal es algo así como ‘lleno de nervios’ y se utiliza para todos los trastornos, habidos y por haber, del sistema nervioso central y la psique. Se descubrió el sentido de los síntomas neuróticos mediante el estudio y la acertadísima derivación de un caso puntual de histeria”.

“¿Y cuáles, por ejemplo, son cada uno de esos trastornos? ¿Al menos en fechas prenavideñas son detectables?”, interrogo a Rubén, casi interrumpiéndolo, antes de que su labia me cause finalmente migraña. Él empieza a señalar a la gente, apuntando directamente con el dedo, como buscando problemas.

Proyecta su índice hacia una jovencita y dice “neurosis fóbica”. Luego sobre un viejito y exclama “neurosis neurasténica”. Llega con el guardia de seguridad del Capitol y su diagnóstico es “neurosis de angustia”. En seguida, encima de un señor con cara de pocos amigos, y Kunil emite: “neurosis obsesivo-compulsiva”. Esto último le basta para recibir un puñetazo en la cara y luego salir huyendo (voy detrás de él) y encontrar refugio en el interior de la Megapaca del centro comercial.

“¿Oswaldo, no estoy sangrando, verdad?”, me consulta, y respondo “no tenés nada Rubén, no te preocupés”.

Bastante estrés
Ya que estamos en la tienda de ropa Kunil me dice que precisa “hacer unas diligencias”. “Necesito comprarme un par de estrenos y unos regalos para mis sobrinos”, justifica.

En la tienda de ropa parece existir una atmósfera un poco extraña. Él lo intuye y coincide conmigo cuando dice “acá se respira la histeria y la neurosis”. Qué puedo decir, Rubén está emocionado de solo comentarlo. La Megapaca está llena y se presenta interesante para investigar eso de las histerias y neurosis antes de Navidad. “Hay suerte otra vez”, interviene mi acompañante.

En uno de los pasillos dos mujeres parecen estar en un intrincado conflicto por una prenda determinada. Dos empleados tratan de separarlas. De fondo suenan villancicos (Noche de paz, noche de amor). Rubén trata de explicarme algo relacionado con la escena, una trivialidad que no vale la pena apuntar (es oficial, ten-go migraña). Se lo hago saber y sonríe un tanto dislocado.

Me pregunto si el mismo Kunil no es un histérico, un neurótico. Y que en realidad me está narrando, de manera involuntaria y de modo muy personal, cómo vive alguien, efectivamente neurótico e histérico, estas fechas de diciembre. Prudentemente, se lo quiero preguntar.
“Rubén”, le digo. “¿Rubén?”, “¿Rubén?”... Rubén ya no está.

Lo busco; sondeo todo el lugar. En los vestidores hay interminables hileras de gente; en las cajas sucede algo similar. También hay personas escarbando mon-tañas de ropa, corriendo perchas, cotejando precios, remolcando carretillas... Salvo el pleito por unas cuantas prendas (entre hombres y mujeres, por igual) todo transcurre con relativa calma. Finalmente lo encuentro.

Estaba en la sección de juguetes y le ha ido, según me cuenta, muy bien. “Conseguí un helicóptero a control remoto y una pista de Hot Weels. Son para mis sobrinos”, exclama.
Examino su expresión. Es de felicidad. En su rostro advierto una nueva contusión cerca de la ceja. “¿Qué te pasó?” inquiero. “Nada... digamos que, como vos de-cís, una ‘trivialidad’, nada del otro mundo”, responde y medio sonríe señalando los juguetes.

Kunil carga, al igual que muchas personas, demasiado peso, demasiadas bolsas y bastante estrés. Al salir le propongo tomar un taxi... uno amarillo, por aquello de la seguridad.. “Si vos pagás...”, replica. Le digo entonces que vayamos a un centro comercial de los grandes, a uno de esos que atraen a miles de Arturos y Gabrie-las cual lepidópteros seducidos por lucecitas ultravioleta.

Un ser humano tranquilo
En el taxi pregunto a Kunil cómo pasar de la histeria a la neurosis.
“Cómo no”, dice él, acomodándose entre el montón de bolsas que lleva. “El DSM-IV (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales) elimina el término “histeria” y lo establece como fundamento de las neurosis. Pero entonces ¿qué ocurrió con las locuras histéricas, esas formas “psicóticas”, entre comillas, de la histeria? Lacan sostenía que la histeria mitigó sus formas y sus síntomas como respuesta al surgimiento del psicoanálisis. Es decir que resultó (la histeria) una especie de fantasma, pero inconsciente. Un fantasma que reclama su puesto muy cerca de las festividades navideñas y las de fin de año. Se disparan los estímulos y los síntomas; por ejemplo, el estrés. Y del estrés a la histeria y de la histeria a la neurosis existe un fácil recorrido”.

Cuando Rubén me ofrece esa respuesta noto que el taxista se ha incomodado. Noto además una cartulina que lleva pegada al retrovisor que reza: “Soy un ser humano tranquilo, capaz de dar afecto. No me enojo, no peleo”. Súbitamente, el taxista pregunta si tenemos sencillo.

Confesamos que no, que un billete de Q100 es todo el efectivo con el que contamos. Entonces el piloto para el auto (las llantas rechinan) y, no muy amable que digamos, pide que nos bajemos.
A continuación, Rubén y yo quedamos varados en una acera de la zona 10. “Ya ves: un fácil recorrido”, y Kunil suelta una carcajada, una grande.

Furioso, le digo que al igual que ese taxista loco también él está chalado. Me dice que “efectivamente así es”. Que hoy amaneció un poquito “histérico”, pero que es por culpa de las fechas.
Reímos. Reímos tanto que no nos queda otra que empezar a caminar... Las filas de autos, los bocinazos, los insultos y demás estresados transeúntes nos recuerdan que estamos ahí nomás, tan cerca de la Navidad.

T. Oswaldo J. Hernández ohernandez@sigloxxi.com
I. Alejandro Azurdia azurdia@sigloxxi.com

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