domingo, 26 de abril de 2009

Turismo urbano: La ciudad y su coñac envenenado











¿Qué tan bella es la ciudad de Guatemala?, se pregunta Maurice Echeverría. Una forma de saberlo es subirse al Transmetro, bajarse en cada una de sus estaciones y ver si hay algo atractivo en los alrededores. Una ruta de transporte masivo como termómetro citadino.
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El funcionario municipal le pide al señor —o joven, o joven señor— que se mueva, que le ceda el asiento a la señorita. Ella está muy embarazada, tan embarazada que me pregunto si no va a parir allí mismo, entre la verdosa masa de personas que se menean al ritmo formal del bus. El joven —o señor, o señor joven— es algo feíto, como salido de un grimorio medieval, pero en cambio muy educado; cede su asiento, convincentemente, y se traslada unos metros más para allá, donde un par de patojas parlotean con esa inigualable estamina de las patojas cuando van en Transmetro.

Dos años de funcionamiento, y unos cien millones de palomas han volado por las ranuras de los molinetes de estos buses articulados. Las personas han aprendido a usar este sistema de transporte público para satisfacer sus necesidades de locomoción, especialmente laborales. Lo cual no deja de ser bueno. Pero, ¿podría servir como medio locomotor de una ruta turística alternativa, un catalizador para revelar la ciudad de Guatemala? De esto nace otra pregunta: ¿Está la ciudad a la altura de semejante reto? ¿Ofrece los suficientes puntos de referencia para entretener al turista urbano? Por de pronto lo que podemos hacer es bajarnos en cada una de las paradas del Eje Sur, y ver qué cosas atractivas hay en las inmediaciones. Sólo así nos daremos una idea clara de cómo están las cosas.

Estación Barrios
Roberto González Goyri murió apenas en 2007. Suyo es el vecino mural del IGSS; también podemos ver aquella pieza magnífica del Banco de Guatemala.

Efraín Recinos, Carlos Mérida, Grajeda Mena: todos dejaron impronta en el Centro Cívico. En ningún otro lado de la ciudad de Guatemala se le dio semejante importancia al arte de escala. Eran otros tiempos. Cada vez que veo el Goyri del Centro Cívico se me mezcla el placer de contemplarlo con la amargura de comprobar que a nadie más alrededor le importa un comino.

Los transeúntes van rumiando su crónica cotidiana con un sentido de morosa indiferencia. Caminan, solamente. Se mueven cerca del llama-do Monumento a la Paz, o bien debajo del puente del ferrocarril, entre un helado olor a meados que ya la manguera de un camión de la muni está desterrando. Los zanates gorditos comen restos, migajas. Y muy cerca hay un cuate que me está diciendo: “Hay penales my friend”.

Antes de ir a la estación Barrios (9a. avenida y 18 calle, zona 1), en donde abordaré el Transmetro, decido echarle un vistazo al Museo Numismático, que por demás no conozco. Me recibe en el umbral del Banco de Guatemala una especie de máquina de tortura, lo cual estimula mi atención, y resulta que sólo es una máquina de acuñar monedas.

El Museo Numismático no es exactamente el Tate Gallery, pero si uno pone un mínimo de su parte, saldrá enriquecido por las informaciones que allí se presentan, organiza-das en un cuerpo que va de la época prehispánica hasta nuestros días. Hay cosas incluso muy apreciables, piezas monetarias muy antiguas, o el mural de Mérida, en esmalte sobre cobre, llamado Sacerdotes danzantes mayas. No falta la imagen decadente de un quetzal disecado.

Bien, me voy caminando hacia la Plaza Barrios, circunvalo Tribunales, y llego a la caseta del Transmetro, en donde convierto un billete de cinco reales en cinco reales sonantes, comida para molinetes.

Se entiende que esta es la Plaza de Justo Rufino Barrios, de quien acabo de ver su espada grandiosa en el Museo Numismático, y que vigila a caballo mi lento andar hacia el Museo del Ferrocarril (lea Taxidermia de la era industrial). Ingreso al café Vagón del Tiempo, en donde nos atiende una amable mujer oriental. El café ha sido decorado con fotos de toda índole, desde el Che hasta Paul Newman. Un lugar colorido con estatuillas indús o la Hepburn de Breakfast at Tiffany’s. Suena, y lo agradezco, Johnny Cash. Me zampo una quesadilla.

Estación El Amate–estación Don Bosco
El Transmetro confiere por fin un atisbo de humanidad en el transporte público local. Por lo general se le da un lugar formal a los niños, a las embarazadas, a los ancianos, a los discapacitados. Los que no somos discapacitados vamos todos de pie, y así llegamos a la estación del Amate (18 calle entre 5a. y 4a. avenidas, zona 1), en donde me bajo a dar una vuelta. Allí están las ferreterías, las tiendas de telas, los restaurantes chinos con sus grandes sátiras etílicas.

De pronto, en un aparador, me topo con un milagro: una máquina para hacer granizadas.
De la parada Don Bosco (Avenida Bolívar y 26 calle, zona 1) camino unas cinco cuadras, hasta convergir en la 19 calle, el lugar de las tiendas de ropa. Una especie de nueva Sexta que fomenta la pequeña ilusión clasemediera. Los observa salir y entrar de las tiendas una publicidad vieja de Palau. Más allá está el cementerio. Hallará el interesado un lugar llamado La Bodegona, cerca del Mercado Cervantes, con toda suerte de enseres. Y en poco llegará a La Litía. Aquí es donde la gente entrega fáusticamente su billete com-prando productos copycat de utilidad práctica innegable. Todo este barrio —con sus talleres, institutos, sus casas— tiene una cierta dignidad sin gracia.

Estación Bolívar–estación Santa Cecilia
De la estación Bolívar (Avenida Bolívar y 31 calle, zona 1) sólo diré que, turísticamente, es un lugar completamente calvo. Aparte de todas esas mueblerías, no hay mucho más que ver.
Pero igual me bajo, porque alguien me ha dicho que visite la mueblería Victoria (Av. Bolívar 27-46, zona 1), a un lado de la Megapaca. “Encontrás a precios increíbles las mismas cosas que encontrás en Kalea”, me han dicho… un poco permisivamente, agrego. En la mueblería me pongo a hablar con una señora simpática que trabaja allí, y le pregunto si el Transmetro dañó las ventas. Me contesta con un argumento pro transmetro que me llamó mucho la atención:
–Arzú está educando al pueblo.

En la estación Santa Cecilia (Avenida Bolívar entre 40 y 39 calles, zona 8) ni siquiera me bajo. Si usted decide bajarse puede ir a La Barata, un supermercado famoso por sus precios. Me limito a ver por la ventana el paisaje cambiante, al Dr. Simi bailando como si se hubiera metido 10 anfetaminas. Pasa un eslogan de la Muni: “Yo soy la ciu-dad”.

¿Arzú educando al pueblo? Yo soy la ciudad vendría a ser, desde esta óptica, un modo de que el pueblo se identifique tántricamente con la metrópoli… Pero a mí más se me antoja como un ominoso lema orwelliano que describe a cabalidad la divina omnipresencia arzuista. Antes el lema fue Tú eres la ciudad. Tampoco terminaba de gustar: ese tuteo sólo enmarcaba la distancia que aún experimentamos respecto a la propia identidad urbana. Otra cosa es que hubieran puesto Vos sos la ciudad. Pero en la Municipalidad —cuna de poderosa solemnidad— no hay lugar para el voseo.

Estación Trébol
La estación Trébol (calzada Aguilar Batres y Avenida Bolívar, zonas 8 ,11 y 12) es un must si usted quiere hacer sociología urbana ultraselecta. El Trébol es abundante como las minas del Rey Salomón. En principio la estación tiene salida al mercado de El Guarda, que ya es un universo en sí mismo. Y al Guarda vamos. Y van también varias patrullas de policía, lo cual para algunos es un signo tranquilizador y para otros un signo de cuidado. Para mí lo relevante es callejear entre anteojos chafas, libros cristianos, tenis de marcas ignotas, devedés piratas y mangos. Hoy pareciera que todo el mundo está comiendo mango. Observo extasiado a un tullido con sello mendicante que bien podría ser un personaje de Zola. En las plazas siempre hay hombres rotos y muy bellos.

Me paso tomando una mi agua en la parte de los comedores. Los televisores están prendidos, metamorfosean imágenes laxas. Una señora está prepa-rando unas jaibas para algún caldo de corte esotérico. Me siento en uno de los puestecitos, en donde conozco a Mauricio:
—Me llamo como usted, pero en español —me dice.
Le pregunto a Mauricio si considera que el Transmetro afectó las ventas del mercado. En su opinión, sí:
–Al Transmetro no se puede subir una manguera, un serrucho. Tal vez favorece a los que vienen a comprar jabón de bola, pero no a los que compran cosas más grandes.
Afuera, una señora en una zapatería no me puede dar una respuesta clara:
–El mercado está mal. Pero no se sabe si es por el Transmetro o por la crisis –puntualiza.
Antes de devolverme a la estación, procedo a ingresar en la Megapaca, que no es paca cualquiera. Aquí se ordena la ropa con rigor casi cabalístico. En mi vida he visto una paca tan enorme, tan llamativa. Siempre vuelvo a lo que dijo Ramírez Amaya en una entrevista: “Aquí el que no se viste bien es porque no quiere”.

La estación del Trébol es nutrida como ninguna y es preciso hacer más cola para montar Transmetro que en cualquier otra estación. Hay un gran cartel que advierte que el Transmetro en sus dos años de estar disponible ha sido utilizado por 100 millones de usuarios. Lo cual no es técnicamente exacto, porque un mismo usuario se repite dece-nas de veces. En fin, lo cierto es que el Transmetro es de enorme beneficio en cuanto a transporte se refiere. Incluso establece los cimientos para un metro a secas, en el futuro. Oh, el metro.

Estación Mariscal–estación Reformita–estación El Carmen
Comiendo afuera de la estación Mariscal (calzada Aguilar Batres y 14 calle, zonas 11 y 12) una dona de American Donuts, y reflexionando sobre todo este asunto del Transmetro, recuerdo un diálogo que mantuve con mi amigo Sánchez, que siempre ha tenido un sentir muy particular sobre la ciudad de Guatemala:

—La ciudad de Guatemala es un lugar de empleados, no de personas creativas y libres —dijo, comiéndose una mandarina. Y continuó:
—Y eso está claro con el Transmetro. Si te das cuenta, el Transmetro es un medio de locomoción en general utilizado por aquellos que no tienen carro. El concepto del Transmetro parte, pues, de una carencia básica.
—Bueno, ni modo —replico— no todos tienen para comprar carro.
—Pues eso: no se trata de comprarlo, sino de que el usuario perciba el Transmetro como un medio de reapropiarse la urbe. No como una muleta en una ciudad atenazada por el tráfico y la crisis económica, sino como una opción vital, excitante. Ideal sería que incluso aquellos que poseen carro deliberadamente elijan no usarlo. Es decir: no sólo despla-zar la necesidad sino también el ocio.
—¿Y creés que eso sea posible?
Sánchez lo piensa un segundo:
—Sólo en la medida en que la ciudad misma cambie. Porque, admitámoslo: la ciudad bonita, bonita, no es. Mirá la Aguilar Batres: un recorrido bien feo de talleres, de fe-rreterías, de ventas de lubricantes o de bolsas plásticas o de repuestos o de llantas. A eso se agrega que Guatemala es la ciudad menos peatonal del mundo. No hay cultura de banqueta, no hay parques. Los centros comerciales y los restaurantes de lujo sólo son para los pocos.

Con la visión de Sánchez aún en la cabeza, decido no bajarme en las estaciones de La Reformita (Calzada Aguilar Batres y 20 calle, zonas 11 y 12) y El Carmen (Calzada Aguilar Batres y 30 calle, zonas 11 y 12). No veo en ellas nada que pueda llamarme la atención. Sánchez no deja de tener razón.

Estación Las Charcas–estación Javier–estación Monte María–estación Centra Sur
La estación Las Charcas (calzada Aguilar Batres entre 32 y 34 calles, zonas 11 y 12) es un ejemplo —incipiente es cierto, no estamos en el DF, pero ejemplo al fin— de continui-dad entre dos tejidos urbanos: la calle y el comercio. La estación se prolonga subterráneamente (con negocios abajo como Burger King) y va a dar al centro comercial Pacific Center, en donde un grupo de colegiales inunda y protagoniza los pasillos.

De Las Charcas paso a la estación Javier (calzada Aguilar Batres y 38 calle, zonas 11 y 12) y luego a la estación Monte María (Calzada Aguilar Batres, entre 46 y 45 calles, zona 12 y Villa Nueva) en donde me bajo en Metrosur y le compro comida a mi gato. De allí paso a la Central de Transferencias, un lugar gris desde donde se mira El Mez-quital, un barrio también gris. Sociología del block y del hormigón.

En la Central de Transferencias, ríos de gente experimentan en partes iguales el cansancio y la vitalidad de formar una masa. Lo bueno es que ya todos ellos se han acostum-brado al Transmetro y me atrevería a pensar que lo aprecian. No es un mal sistema. Y he visto una labor, por parte de varios cuadros municipales, muy consciente. Además, no deja de darme satisfacción que se trate de un servicio estatal y no privado.

A un lado de la Central de Transbordo está la Central de Mayoreo. En sus galpones hay un dibujo masivo de frutas y verduras; fuera de ellos se hacinan las cajas como pe-queños ataúdes infinitos. La Central de Mayoreo carece de las exquisiteces de un mercado vivo. Hay una cancha de fut; están jugando una chamusca.

Aquí acaba mi recorrido. Mi idea es tomar de vuelta el Transmetro expreso para que me lleve de un tirón hasta el Centro Cívico, pero éste sólo funciona en determinados horarios y de momento no está disponible. Así que agarro el semiexpreso, que me lleva directamente hasta El Trébol, y luego de estación en esta-ción hasta el final del circuito: la Estación Centro Cívico.

El Transmetro es un perfecto work in progress, de momento ofreciendo una ruta única, pero en el futuro —y por supuesto, en teoría— ramificándose hacia nuevas direcciones y otros ejes. Lo cual supondrá un modo de relacionarnos completamente nuevo con la ciudad. Y acaso el comienzo de una cultura y un tu-rismo urbanos sin precedentes en el Valle de Guatemala.

Conforme el transporte sea más funcional, la ciudad le seguirá en desarrollo, y conforme la ciudad se desarrolle, el transporte será más penetrante, en una simbiosis prácticamente carnal. De momento me pregunto si la bandera de la Plaza Municipal que se en-cuentra ominosamente a media asta no señala el estado actual de las cosas en nuestro hábitat metropolitano. También está esa estatua de la loba amamantando a Rómulo y Remo. Pues bien: Rómulo y Remo somos usted y yo. Y la loba es la ciudad, dándonos su coñac envenenado e infinito.

TAXIDERMIA DELA ERA INDUSTRIAL
Pequeñito pero simpático. Así es el Centro Cultural Fegua, ubicado en lo que fuera la Estación Central (9a. avenida y 18 calle), que abrió sus puertas en 2004.

Allan Roberto, un simpático ex maquinista oriundo de Puerto Barrios, me da el tour, me muestra las locomotoras. “La número 15 era de carbón y de leña… La 34 ya vino a base de pe-tróleo y agua… Ésa es la que manejaba yo, en el famoso “Tren de la Alegría”… Íbamos de excursión todos los domingos al relleno de Amatitlán, con los estudiantes… La 205 vino a Gua-temala en 1949…”
Fegua terminó actividades en 1997. La carretera al Atlántico era ya mucho más funcional, en lo que se refiere a la duración del viaje, que la línea del tren.

Roberto me lleva al interior del Museo del Ferrocarril. Auténtica taxidermia de la era industrial en el Tercer Mundo. En estos tiempos de superconductividad, convergencia digital y trenes bala, no deja de capturarnos la atención algo tan elemental como una máquina de telégrafo —y otros recelosos objetos que dibujan la saga perdida del ferrocarril en Guatemala.

Saliendo del museo, procedo a subirme al Michatoya, el vagón utilizado por Ubico en sus viajes ferroviarios. Llegaba a los pueblos y se ponía a tirar monárquicamente monedas a las masas.

T: Maurice Echeverría e_memo@live.com
F: Cecilia Cobar ccobar@sigloxxi.com

1 comentarios:

Lucha dijo...

Buena crónica... Maurice!