domingo, 8 de noviembre de 2009

La claridad de la meta


La tercera parte del volumen que reúne la narrativa breve de Méndez Vides aborda la identidad. “No tanto la colectiva, sino la individual”, escribe Eddy Roma.
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Méndez Vides (Antigua Guatemala, 1956) comenzó escribiendo cuentos protagonizados por los escritores que figuraban en sus lecturas de juventud, como el bosnio Ivo Andric. Después se fijó en el inmigrante guatemalteco residente en Estados Unidos, y también retrató al habitante de colonias populares. Su búsqueda reciente, apunta en la nota introductoria a la tercera parte del volumen que reúne su Narrativa breve, insiste en su preocupación acerca de la identidad. No tanto la colectiva, sino la individual.

Aunque la extrañeza le rodee, el Méndez Vides de los primeros cuentos manifiesta plena confianza en su talento y sus posibilidades. Compite por emular a sus modelos y hasta cruza unas cuantas palabras con el escritor estadounidense Henry Miller, en París. La mujer, a veces sin nombrar, a veces llamada Susana, introduce el desorden en ese mundo regido por la literatura.

“Tú no podías comprender que yo viviera de escribir, lo que es muy razonable”, le dice a la pro-tagonista femenina en Posdata. A ratos es pesimista: cuando viste la toga del griego Platón Denisovich reflexiona que “escribir diálogos, discursos o poemas, es una actividad que se precipita en beneficio de todos los espíritus, pero nos arrastra a los autores a una soledad irremisible”.

La mudanza de Méndez Vides a un apartamento alquilado en el centro de la capital trajo consigo una nueva óptica. Su interés se dirige a los márgenes de la ciudad. Aquí se puede contrastar su trabajo con el examen de la clase media que realiza un narrador contemporáneo suyo, Víctor Muñoz.

La mirada de Víctor es festiva, centrándose en esas pequeñas tragedias familiares y laborales que asedian a sus personajes; la de Méndez Vides, en cambio, es desesperanzadora. Los obreros y secretarias que pueblan estos cuentos no tienen asideros para salir del hoyo donde los refundió la existencia. “Te contaré cómo vives”, se lee en El discípulo.

“No lejos de este campo, encajonado como cualquier otro ser humano en este lado de la ciudad, porque el resto del mundo no cuenta: entre más mujeres que hombres, donde los drenajes corren a flor de tierra, sin verdes de parques cerca, con apenas la iluminación de los focos en las esquinas, que se mete por las ventanas”. El inmigrante que escapa de ahí y marcha al Norte no encaja en ningún sitio. Fracasa en insertarse en el extranjero y sufre desarraigo en la propia tierra.

Ciertos comentaristas de la obra de Méndez Vides se detienen en el descuido gramatical con que escribió sus novelas Las murallas y La lluvia. Supongo que tal estilo obedece a la captación del habla atropellada de la gente, que cuenta su historia de corrido sin preocuparse por la sintaxis y el correcto uso de los tiempos verbales.

Va una muestra, tomada del relato Juego de disfraces: “La Sexta Avenida a las siete, las vitrinas iluminando las letras minúsculas del vespertino, siguiendo las indicaciones, buscando algún piso dónde tocar y cruzar índice y anular porque quien estuviera del otro lado de la puerta fuera alguien diferente a él mismo”. El trabajo en esta corriente ofrece cuentos como El jardín infantil, con una trama bien hilada y un desenlace abierto a toda clase de especulaciones.

Ser antigüeño, como proceder de Quetzaltenango o, del oriente del país, supera la mera noción de identidad. No se puede desprender de la celebración de la Cuaresma y del traje de cucurucho, aunque se recorra mucho mundo. Cuentos como El milagro de Jeremías y La primera túnica reflejan esa pertenencia que marca de por vida.

En el primer cuento el escritor vasco Miguel de Unamuno le dice a Méndez Vides: “La historia es la posibilidad de los espantos”. En el último, el profesor anti-güeño don Miguel advierte a su alumno, deseoso de marchar a París y poner distancia entre él y las revoluciones, que “usted se perderá la Historia”. Pocas líneas antes, el narrador advertía que “yo ya tenía clara mi meta, aunque fuera ficticia e inútil”. Y como Rafael Landívar y Luis Cardoza y Aragón, sus paisanos inevitables, siguió de largo.

NARRATIVA BREVE, DE MÉNDEZ VIDES. TIPOGRAFÍA NACIONAL, 2009. 218 PÁGINAS

T. Eddy Roma. eddyjromaa@hotmail.com
F. Alejandro Azurdia. aazurdia@sigloxxi.com

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