domingo, 25 de octubre de 2009

Hilo de sangre azul

Patricia Lara
Cuando a las cuatro de la tarde de ese martes de noviembre Juancho Gutiérrez golpeó en la puerta del apartamento de Pedro Ospina, se encontró con un cuadro dantesco: Ospina, que siempre estaba elegante, tenía media camisa por fuera del pantalón, la corbata desanudada, el cabello desarreglado, los ojos desorbitados y la angustia reflejada en su rostro. Seguir leyendo...

En el estudio había facturas regadas, papeles en el suelo y, sobre el escritorio, una botella de aguardiente destapada.

En su habitación, la ropa estaba por fuera de los clósets, dos maletas a medio llenar reposaban sobre la cama, y una de las fotografías de su luna de miel con Margarita Díaz, que antes colgaba de una pared de la alcoba, parecía haber sido estrellada contra el piso: tenía los vidrios quebrados. Las otras estaban en su lugar.

—¡Me voy de este desgraciado país, Juancho! ¡Ayúdeme a empacar rápido antes de que me detengan! —le pidió Ospina al muchacho, que no salía de su asombro.
—Aquí está su periódico, don Pedro.
—Mire si salió la noticia de mi orden de captura, Juancho.
A medida que el hijo de la portera pasaba las páginas del diario que le enviaban de Medellín, Pedro Ospina terminaba de sacar su ropa del clóset y de reunir las fotos que se había tomado con Paola Abuchaibe.

—No se publicó nada... ¿Pero qué pasó, don Pedro, por qué está tan desesperado? —le preguntó el muchacho.
—Pasó que a pesar de que Cleves me dijo que mi proceso penal iba muy bien, se me ocurrió llamar al secretario del juzgado, que ha sido gentil conmigo... ¡Le confieso que le he dado una que otra propina! Quería averiguar si ya estaban listas unas certificaciones que le pedí. Entonces aproveché para preguntarle cómo iba mi proceso. Y cuál no sería mi sorpresa cuando me contestó:
—¿Luego el doctor Cleves no le ha informado? Él estuvo por aquí y le conté que habían librado orden de captura contra usted. ¡Prepárese porque en cualquier momento le llegan, doctor Ospina!

—¡Ese desgraciado de Cleves no me avisó nada, Juancho! ¡Es un mentiroso, un estafador, un sinvergüenza! ¡Así se lo dije hace un rato, cuando en un violento altercado con él casi le rompo la cara! ¡Pero el muy cobarde salió corriendo y no tuvo el valor de enfrentarme y de actuar como lo hacen los hombres de verdad! ¡Me engañó desde el principio, Juancho! ¡Y tanto dinero que le pagué para que me defendiera y el infeliz no movió un dedo! Y va a dejar, sin inmutarse, que me pongan preso así nomás... ¡Pues se equivoca! Pedro Ospina puede ser un caballero pero no un idiota. ¡Antes que preso, muerto, se lo juro, Juancho! Voy a sacar de la caja fuerte los avales de Inversiones de los Andes y otros papeles que necesito llevar conmigo. Usted, ayúdeme a empacar la ropa... ¡Por favor, dese prisa!

—¿Y para dónde se va, don Pedro?
—Para Venezuela, Juancho. Allá tengo buenos amigos, fieles, leales, no como estos de aquí que se dicen mis amigos pero son unos traidores, como Cleves.

Mientras Juancho Gutiérrez doblaba de afán las camisas Christian Dior, los vestidos Hugo Boss, las corbatas Hermés, los sacos de cachemir, las chaquetas de gamuza, y sacaba los zapatos Ferragamo, y todo lo acomodaba en las valijas que Pedro Ospina había puesto sobre la cama, pensaba en la triste historia de este hombre, su buen amigo, su confidente, un ser generoso, cálido, alegre, simpático, que conservó su buena estrella hasta que permitió que lo dominaran la ambición, el deseo de gastar siempre más, el impulso de ascender todos los días en la escala social, la confusión entre el sexo y el efecto y el cálculo imposible en las cosas del amor...

Pero pensaba también en su madre, Elvira Gutiérrez, una trabajadora humilde que perdió todos sus ahorros por confiar en él; sí, su mamá, que a base de esfuerzo, sacrificio y privaciones consiguió reunir un dinero para cumplir su sueño de disponer de vivienda propia y de no verse obligada a habitar con su hijo adolescente en ese cuarto diminuto y carente de privacidad del cual podrían lanzarlos a la calle en el momento menos pensado; su madre, quien también se dejó llevar por la ambición y por el deseo de ganar siempre más y prefirió el riesgo a la seguridad, y por esa razón ahora tenía muy pocas esperanzas de recuperar lo que había conseguido y se veía abocada, al comienzo de su vejez, a empezar otra vez de cero; sí, Elvira Gutiérrez, esa mujer que le dio la vida pero que también lo maltrató y lo hizo sufrir...

—No se vaya sin pagarle a mi mamá, don Pedro. ¡Por favor, no nos deje en la ruina! —le suplicó Juancho cuando lo encontró en el estudio, escarbando papeles, destruyendo documentos.

*ESTE FRAGMENTO PERTENECE A HILO DE SANGRE AZUL, DE LA AUTORA COLOMBIANA PATRICIA LARA. LA OBRA FORMA PARTE DE LA COLECCIÓN LA OTRA ORILLA, DEL GRUPO EDITORIAL NORMA. ESTÁ A LA VENTA EN LAS PRINCIPALES LIBRERÍAS.

I. Alejandro Azurdia, aazurdia@sigloxxi.com

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