domingo, 27 de septiembre de 2009

La soledad del dramaturgo

Rubén Nájera

Maurice Echeverría conversa con el dramaturgo del curioso anillo, el traje y la corbata. Hablan del teatro, ese género que la sociedad guatemalteca no se apropia, pero que él considera superior.
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El edificio de la Secretaría de Integración Económica Centroamericana (Sieca) parece bonito y luminoso por fuera. Por dentro, resulta ser una cosa oscura, disfuncional, adocenada.

Aquí es donde trabaja Rubén Nájera, el dramaturgo. Vamos los dos subiendo una escalera, y apenas si me atrevo a tocar el pasamanos —tan anaranjado y retropop.
Hay que preguntarse qué hace un hombre de letras en un lugar como este. Es fácil imaginar largos, ociosos archivos metálicos, combados de informes, cifras, y peritajes.

Rubén Nájera, sin embargo, asegura que está “metido en un universo intelectualmente provocativo, aunque no sea necesariamente literario o artístico”. Se refiere al universo de la política económica y las ciencias sociales.

Hay que saber que Nájera es uno de los miembros fundadores de Avancso, o Asociación para el Avance de las Ciencias Sociales en Guatemala. La investigación, dice, le ha encantado siempre.

Curiosamente, es ingeniero. Pero cuando cayó en la cuenta de que su destino iba a ser el teodolito y vivir en el lodo días y días, casi se puso a llorar. A partir de entonces evolucionó hacia una ingeniería económica y administrativa, y consiguió una especialización en administración en desarrollo.

Según explica, su trabajo le permite estar en contacto con la realidad —aunque no le apasiona tanto como la literatura.

Nájera me lleva a una sala de sesiones de Sieca. Allí nos sentamos. Pongo el grabador.

Cuando mi editor me propuso que hiciera esta nota me advirtió que ya antes había hablado con él, con Nájera, y que éste se había mostrado molesto por una cosa: al parecer, cuando mi editor le dijo algo de “su adaptación de la Bella Durmiente”.

Nájera me da su explicación sobre el asunto: “Hay cosas en que ya no soy cortés. Nadie le preguntaba a Jean Anouilh si su Antígona era una adaptación”.
Nájera lleva puesto un anillo curioso con una calavera y dos serpientes, que contrasta violentamente con el traje y la corbata.

Las obras de un Nájera
La dramaturgia es un género literario. Toda pieza de teatro auténtica posee un grado de autonomía respecto a su eventual representación, y es significativa aun sin pasar por el viaje iniciático del montaje.

“Como escritor, yo empecé a escribir sin pensar que la obra podía ser montada. Tenía que tener vida propia como texto literario. Dejo siempre la obra en un estado en que pueda ser leída, en que la necesidad del escenario no se refleje en el texto”.

Este año, por cierto, la editorial Grupo Amanuense ha publicado la obra de Rubén Nájera, titulada 1649. Y la idea de Nájera es presentar pronto un volumen con sus obras integradas, las cuales, explica, “tienen sentido como sistema”.

¿Quiénes son los dramaturgos vitales en el canon de Nájera? Empieza por citar a Shakespeare. El romanticismo alemán. De los griegos sólo Sófocles. Asegura que “la comedia es algo que nunca he tolerado, excepto la comedia más moderna, la comedia social, la comedia intelectual”.

Los existencialistas franceses: “tengo una gran pasión por Camus, y por Sartre, que no me gusta como novelista ni mucho menos como filósofo; siempre lo he apreciado como dramaturgo, y hasta como lingüista de cine”. De los ingleses, Shaffer.

Y en su propia obra dramática, ¿cuál pieza aprecia más? “Ninguna”, afirma: “casi siempre, cuando regreso a una de ellas ya no me gusta, o no me gusta con la misma intensidad”.

De todos modos, considera que las dos creaciones suyas más significativas son Clitemnestra ha muerto, y Héroes ausentes. “Creo que son las dos que se vinculan más transparentemente a Guatemala”.

Aunque puntualiza: “Pero no por fuerza son las que más quiero. Tal vez quiero más una que nadie conoce y que se llama Gesualdo y fue escrita para Rodrigo Asturias”.

Le pido en un momento a Nájera que describa la totalidad de su obra en una sola sentencia —la sentencia que van a poner en la tumba de su obra.

Su respuesta: “Fue diferente”.
Del teatro para niños, Nájera tiene alguna cosa interesante que decir. Por ejemplo: “No estoy de seguro que yo crea en el teatro para niños: eso es un fenómeno muy guatemalteco”.

De todas maneras, eventualmente aceptó el reto de escribir un libreto. Aquí se refiere a Los Tres Astronautas, obra basada en un cuento de Umberto Eco y en otro cuento de Bradbury llamado Ahmed y las máquinas del olvido.

Nájera probó que podía responder con algo suficientemente lúdico, y que podía manejar “un lenguaje más episódico, más accesible”.

También está aquella obra suya La Cenicienta. Como se sabe, una historia que presenta un problema de total incorrección genérica. “Es la propuesta aberrante de que la mujer tiene valor sólo si es virgen. Y su valor se lo otorga el padre primero y después el esposo. Esa visión patriarcal me desagrada. Pero a través del análisis psicoanalítico logré darle a la obra algunos mensajes. Por lo menos inventé una Cenicienta que no creía en el matrimonio y también un príncipe antimonárquico… La obra termina con una invitación a la abdicación”.

En La Bella del Bosque Durmiente, Nájera concibe una especie de collage, en donde intervienen múltiples coordenadas: de los hermanos Grimm al conejo de Carroll, hasta una frase de Don Giovanni metida en un rap, y así.

A Nájera no le resulta enfadoso que otros orienten su visión teatral hacia un lugar imprevisto: “Me encanta lo que el director, el coreógrafo, los actores crean encima de lo que hice. Cuando eso se hace bien, cuando se hace con verdadera profundidad, es hermoso. Curiosamente, me molesta más cuando se distorsiona el contenido básico de obras que no son mías, cuando veo que asesinan a un Shakespeare, a un Sófocles”.

Pasamos a hablar de los directores de teatro guatemaltecos. “Si mezclaras en una licuadora a Alfredo Porras, Luiz Tuchán y Javier Pacheco, tendrías al director perfecto”. Nájera se explica: “Tuchán es seguramente el director más inteligente que hemos tenido. Una persona profunda, compleja. La habilidad analítica de Luiz es impresionante. Alfredo Porras tiene una gran formación operística, un gran manejo de los bloques escénicos. Y Javier Pacheco posee esa conciencia de la proyección de la voz, la presencia y circulación del personaje”.

Según Rubén Nájera, la dramaturgia es de todos los géneros literarios al cual le da precedencia. Afirma: “Yo creo que el dramático es el género superior, porque es el que adquiere, como diría Pessoa, el mayor grado de síntesis. El involucramiento con el teatro me generó inclusive un rechazo a la ficción, a la narración. A la fecha casi no leo novelas. No las soporto. Mucho menos imaginar que algún día voy a escribir una”.

Respecto al cuento, expresa: “No necesito el cuento, porque el teatro me compensa esa necesidad de argumento y personajes imaginarios.”

Pero sí profesa devoción por el ensayo: “Lo hago como un ejercicio muy riguroso de sustracción del yo, porque en el teatro todo es yo. El verdadero dramaturgo es cada personaje cada vez que habla, y eso hace mucho más agotador el escribirlo. El ensayo permite la impersonalidad”.

Se buscan dramaturgos
Hay una creciente desaparición del género dramático como literatura. Eso está muy claro cuando uno mira el listado de los Premios Nobel literarios. “Hasta antes de la guerra todavía ves premios Nobel dramaturgos”, me dice Nájera.

“Después ves a premios Nobel de escritores que alguna vez hicieron teatro, pero el teatro deja de ser exclusivo en ellos: Camus, Sartre… La especialidad en la dramaturgia se va perdiendo. Incluso a Darío Fo se le da el Premio Nobel por una labor que estaba concluida a finales de los sesenta. El dramaturgo desaparece”.

En Guatemala, esta ausencia es aún más evidente. Hay muchos novelistas en Guatemala. Hay un resto de cuentistas. Poetas, ni decir. Pero dramaturgos…

“El dramaturgo creativo —con un pie puesto en la literatura y otro en el teatro— dejó de existir en su momento, y de todas maneras fue muy escaso en la historia guatemalteca”.

Por lo mismo, Nájera no heredó el oficio de nadie… Y lo que él hizo para sus congéneres lo hizo siempre sin colegas. “Pasan los años y te das cuenta de que siempre estuviste solo. Y además pasan los años y sentís que no viene nadie realmente atrás”.

Le pregunto a Nájera si discute con la gente de teatro los asuntos de la obra, a la par de la escritura de la misma. “No son grupos habituados a trabajar con un escritor vivo”.

Sobre todo da la impresión de que la sociedad guatemalteca de plano no quiere saber nada del teatro.

“¿Desmoralizante? No sé. Yo trato de verlo fríamente. Ninguna institución artística es obligatoria. El punto crucial es el de la apropiación. Si la sociedad no se apropia de cierto género es que no ha visualizado el potencial que hay en él o que simplemente no lo necesita. Recordemos que los árabes nunca necesitaron la pintura —la representativa por lo menos”.

Pero Nájera añade luego, como sincerándose: “Es cierto que en etapas de depresión sentís el peso de hacer algo que probablemente no tiene sentido para esta sociedad…”.

A estas alturas nos ponemos a hablar del teatro en Guatemala. Nájera va soltando sus observaciones: “Me molesta la superficialidad... Me molesta la escasez… Es un teatro totalmente comprimido... Guatemala es una ciudad sin corazón, por lo tanto cada vez tiene menos teatros... Más espacios probablemente, pero menos teatros... Los verdaderos corazoncitos de esta ciudad son los centros comerciales... Los directores no salen de escuelas superiores, porque no las hay... Y no hay realmente grupos de teatro, con muy pocas excepciones... No hay escenarios... Es un teatro de productores, no de grupos ni de movimientos o de escuelas…”.

Pasamos a hablar del éxito. También tiene sus venenos. Como cuando se entra en los salones de las vacas sagradas: “En ese momento mismo de aceptación empieza la neutralización. Te convertís en una pieza de ornamento. Desaparecés sin darte cuenta. Te volvés artista de salón”.

¿En estas condiciones no será mejor callar? Nájera me habla de Sibelius: “Uno de mis grandes temas de fascinación fue el final de la vida de Sibelius. Sibelius llega a los cincuenta años, deja de componer, y la leyenda dice que el tipo está construyendo una sinfonía monstruosa, y cuando se muere no hay ni siquiera una página entre sus papeles. ¿Qué pasó? El derecho a callarse cuando no hay nada más que decir, o cuando ya no hay relación con el medio. Ojalá yo tenga la misma sabiduría algún día”.

El anillo…
Ha empezado a llover. Es una lluvia masculina, espesa.

No puedo dejar de preguntarle a Nájera respecto al anillo que lleva puesto. “Lo usó mi papá toda su vida, y antes de él era de mi abuelo. Pero el de mi abuelo era de plata; mi papá mandó a hacer una copia en oro, que sobrevivió mejor al desgaste, porque la plata se gasta más. Cuando él murió, me lo puse. Para mí el significado es obvio: las serpientes son el símbolo de la vida, y la calavera el símbolo de la muerte”.

Muchos no lo saben: sobre el edificio de la Sieca, en donde trabaja Rubén Nájera, hay un cráneo, que es el cráneo de Yorick, y sobre el cráneo de Yorick la lluvia está cayendo.

La bella del bosque durmiente
Obra original de Rubén Nájera, se presentará el sábado 3 de octubre a las 4 p.m., y el domingo 4 de octubre a las 11 a.m., en El Sitio (5a. calle poniente No. 15, Antigua Guatemala. La dirección corre a cargo de Luis Román Vargas, y el elenco incluye a Vivian Sánchez, Nelly Castillo, Karen de la Rosa, Ana Paola Chamorro, Natalia Cadena, Vallardo Díaz y José Carlos Penagos. Colaboración: Q40. Reservaciones al teléfono 7832-3037.

2 comentarios:

Ruben dijo...

Rubén es un hombre íntegro y a la vez completo, sus conversaciones son siempre fascinantes, un gran amigo. Guatemala debe sentirse orgullosa de tener un hijo como Rubén Nájera.

Rubén Rochi
El Salvador

Anónimo dijo...

Buena entrevista y buen autor.