domingo, 20 de septiembre de 2009

El último trompetazo*

PABLO ÁLVAREZ
Había pasado la medianoche, eran las 2:34 de la madrugada, cuando el mesero les llevó la cuenta, y les dijo:
—Hora de cerrar, señores.
— Bien, respondieron los cuatro. Pagaron lo que debían y salieron del local.
La calle estaba vacía.

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—Qué impresionante la lluvia, exclamó el más despierto —hace que toda la gente desaparezca, quizá sea más poderosa que otras cosas —dijo, mientras los otros tres estallaron en carcajadas. Caminaron hasta la esquina, donde los cuatro se despidieron con cierta melancolía, tomando cada uno su camino. Terminaba otra jornada y no habían podido hallarlo. ¿Cuánto tiempo más deberían esperar para encontrar al séptimo ángel? ¿Para escuchar la trompeta que sabría a gloria en sus tímpanos?
Cada uno de los jinetes se marchó en la dirección de su hogar, acompañados por la soledad y la lluvia. Se despidieron con la frase de siempre: mañana nos encontramos, no lleguen tarde. El más perezoso de todos, cada vez que llegaba tarde ponía de excusa el trabajo.
—¡Dinos que tienes un amor clandestino! —sonreían mordazmente los dos más jóvenes.
Mientras, el más viejo decía:
—Deseo que mañana lo encontremos, esta espera me tiene harto. A la siguiente noche se encontraron en París. La vibrante luz de la luna iluminaba sus rostros, mientras caminaban a orillas del Sena. Cada uno pensaba en los motivos para encontrar al famoso trompetista, cada jinete tenía una caja negra en la que guardaba un secreto.
Llegaron a un café, uno bebió vino, otro cerveza, otro agua y el último ajenjo. Fumaban mientras contaban chistes e historias. Reían sonoramente. Mandaban mensajes, en servilletas de papel, a las muchachas que atestaban el lugar. Cada vez que entraba una mujer que les atraía le cantaban escandalosamente y la abrazaban, no importaba si estaba sola o acompañada, lo primordial era gozar hasta reventar.
—Uno nunca sabe cuándo llegará el fin —decía el más despreocupado.
Mientras bailaban y gritaban, se percataron de que el trompetista entraba al recinto. Ataviado con un oscuro traje de alta costura, que combinaba con una impecable camisa blanca y corbata de colores pastel. Al sonreír mostraba una perfecta dentadura.
Los jinetes corrieron hacia su mesa, cada uno tomó su respectiva caja y luego, arrinconaron al trompetista al final de la barra. Los garzones miraban sin decir nada, pensaban que seguramente sería algún terrorista descubierto por el servicio secreto.
El trompetista los reconoció enseguida.
—¿Qué quieren? ¿Acaso después de que me fugué, todavía no han encontrado sustituto para mi puesto? ¿No fue suficiente que les diera a los humanos el motor de combustión interna y la pólvora? Yo hablé con el jefe, él me dijo que podía irme, que nadie me seguiría. ¿Acaso ya se arrepintió?, así como lo hizo en el Gólgota, donde no apareció para salvar al carpintero.
Sin mediar palabra lo sacaron cargado del lugar y lo condujeron al elegante hotel parisino donde se alojaban. No le hablaron hasta que estuvieron en la suite.
—Cállate y escúchanos, dijo el más nervioso de manera abrupta, quien se quedó pensando en lo agresivo que había sido con el trompetista.
—Te hemos buscado por más de doscientos años, a partir de la Revolución Industrial —dijo el más serio.
—¿Para qué me quieren? —preguntó el ángel, mientras uno de los jinetes abría la caja negra a su cargo y sacaba una preciosa trompeta; la que algún día le había sido confiada al trompetista. —No tengo intenciones de hacerlo —dijo el ángel.
—Mira, estamos cansados de esperar, tendrás que colaborar con nosotros. No tienes otra alternativa —dijo el más enano.
—Yo cumplí con mi parte del trato, le di a la humanidad lo que él me ordenó. Así que no pienso hacer nada más. ¿Qué pasó con el libre albedrío? ¿Acaso no es uno de sus principios favoritos? —sentenció.
—¡Por qué todos creen que se trata solo del jefe! —refunfuñó el más tenso.
—Entonces, de qué se trata esto, qué están buscando —preguntó sorprendido el trompetista.
—Al igual que tú, nos cansamos de esperar, por lo que hicimos un trato con el jefe. Después de que tú les diste la pólvora y el motor de combustión interna, a nosotros nos tocó darles la fusión nuclear y las armas de destrucción masiva. Al jefe le presentamos un grupo de consultores, quienes armaron todo como una gran corporación.
—Así quedamos liberados de nuestras obligaciones; los humanos son tan megalómanos y estúpidos que están haciendo el trabajo por nosotros, sin cobrar nada —dijo el más desencantado. —Me imagino que les dieron un paquete de prestaciones y plan de retiro anticipado —exclamó irónico el trompetista.
—No, al final salimos sin nada; fue un error presentarle los consultores al jefe. Ellos nos despidieron sin responsabilidad para la corporación, argumentando abandono de labores —dijo el más radical.
—Además, con los cambios que han hecho, de todos modos nos hubieran despedido. Estos eficientes consultores diseñaron una estrategia de reducción de costos y mejora en los procesos de la fe, no tienes idea de la cantidad de santos y ángeles que están desempleados. Si no llegas a tu cuota mensual te cortan, así de sencillo —dijo el más culpable.
—Por lo que robamos estas trompetas y algunos títulos de propiedad de otras galaxias. También, vendimos un par de sistemas solares en el mercado negro y nos quedó dinero suficiente para invertir en acciones, por lo que vivimos, desde entonces, en plena fiesta —dijo el más joven.
—Sigo sin entender para qué me buscan —inquirió el ángel, levantándose.
—Siéntate —dijo el más sereno, en tanto los otros sacaban sus trompetas—queremos hacer una banda de Jazz y sabemos que tú eres el mejor.
Al escuchar esto, el ángel sonrió con cierto nerviosismo y preguntó —¿no será una treta?
—Claro que no hermano, respondió el más parrandero. Mientras movía su pie al ritmo de las notas de un lejano saxofón, que morían ahogadas en el Sena.
—Pero, si suenan estas trompetas, ¡Será el fin! —dijo el ángel. —No has entendido: caducaron. Como no sonaron en el año dos mil, ya no sirven. Ahora, la destrucción es decisión de los humanos —dijo el más sensato.
—¿Saben algo de música?, preguntó el trompetista.
—Sabemos comportarnos como estrellas, —dijo el más divertido, riendo.
—Aprendimos con tus mejores alumnos —dijo el más estoico. —Entonces para qué me necesitan —preguntó sorprendido. —Para que te unas a nuestra banda y que en cada presentación hagas un “solo” de trompeta.
—¿Cómo se llama el grupo? —dijo el ángel, relajado
—El Fin del Mundo y el espectáculo El último trompetazo, — dijo el más creativo.
—Acepto —dijo el ángel. —pero creo que nuestra banda debería llamarse Los cuatro jinetes y el séptimo ángel.

*ESTE ES UNO DE LOS CUENTOS INCLUIDOS EN LOS RELATOS DEL FIN, DE PABLO ÁLVAREZ, PUBLICADOS POR LETRA NEGRA EDITORES.

1 comentarios:

Gilda Rodas de Lorenzana dijo...

!Qué buen cuento! Me encantaron los comentarios según las distintas personalidades... el más estoico y el más divertido, mis preferidos. Con un buen grado de ironía y el tema muy "adoc" a los tiempos que vivimos. Saludos!