domingo, 28 de junio de 2009

La carta

Humberto Ak'abal


— ¿Ya sabés escribir,
ya podés hacer cartas?
Me preguntó cuando me vio
regresando de la escuela.
Desde entonces cada domingo,
la viejecita bajaba de la montaña
a pedirme que escribiera una carta para su hijo
que estaba en un cuartel de la capital
“prestando” servicio militar.
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— ¿Ya sabés escribir,
ya podés hacer cartas?
Me preguntó cuando me vio
regresando de la escuela.
Desde entonces cada domingo,
la viejecita bajaba de la montaña
a pedirme que escribiera una carta para su hijo
que estaba en un cuartel de la capital
“prestando” servicio militar.

Se lo llevaron a la fuerza, me contó,
era mi único hijo,
él me daba de comer,
soy viuda,
a mi marido lo mató un rayo
cuando venía saliendo de un barranco
con una carga de leña...

Me daba la hoja de papel,
escribí allí, me decía:

—”Yo soy tu mamá,
no te olvidés que yo te traje al mundo,
no te olvidés de tu casa...
Tu gato está vivo,
tu gallina ya pone huevos,
la milpa ya comienza a madurar...
No te olvidés que yo soy tu mamá,
que yo te traje al mundo,
no te olvidés de tu casa,
tu gato...”

Yo escribía y escribía
y ella miraba que a la página
aún le quedaba espacios en blanco,
y me pedía que siguiera escribiendo:

—”Tengo miedo por vos,
ayer vino a cantar un tecolote
entre las ramas del viejo saq’oz,
el otro día una culebra kaqbelej
se atravesó en el camino,
a veces se oyen voces en el patio,
otras veces me hablan en mis sueños;
estas son señas de mal agüero...
No vayás a matar gente,
no manchés tus manos con sangre.

Cómo quisiera ir a verte
para llevarte unos tus tayuyos,
unos tus güisquiles,
unos tus pixtones...
pero no sé dónde es el camino...”

Cuando la página quedaba llena,
ella lo tomaba y le daba vuelta a la hoja,
aquí todavía no hay letra, me decía.

—”No te olvidés que yo soy tu mamá,
que yo te traje al mundo...”

Y volvía a repetir su mensaje hasta
que la hoja quedaba
totalmente cubierta,
y antes de cerrar el sobre,
ella hacía una oración
y besaba la hoja de papel.

—¿Cuánto te debo?
—Nada.

Pero ella me dejaba
un huevo de chompipe,
un guacalito de nances,
o un manojo de flores.

Y llevaba su carta a la comandancia
de reservas militares del pueblo,
con la esperanza de que ellos
se la llevaran a su hijo.
¡Quién sabe si alguna vez él las recibió!

“No hay señas de mi hijo”
Llorando me daba otra hoja de papel
y volvíamos a escribir otra carta.

Otro domingo la esperé,
como siempre,
pero fue un domingo largo,
salí a verla al camino varias veces,
me había acostumbrado a ella
y ella ya no vino a verme.

Dicen que el día que murió,
tenía una hoja en blanco entre sus manos.

*ESTE ES UNO DE LOS POEMAS CONTENIDOS EN LA DANZA DEL ESPANTO, EL LIBRO MÁS RECIENTE DE HUMBERTO AK’ABAL (GUATEMALA, 1952). HA SIDO PUBLICADO POR LA EDITORIAL ARTEMIS EDINTER.

2 comentarios:

ixmucane dijo...

Me encanta su poder de síntesis. Cómo es capaz abarcar en pocas líneas tanta tragedia. Como siempre, Ak'abal magnífico.

Gilda Rodas de Lorenzana dijo...

Qué hermoso y cómo muestra a Guatemala, y todo lo que aún nos falta por apreciar aún más.