domingo, 28 de junio de 2009

El mayor exponente de la música neomaya



Jorge Sierra reseña el disco más reciente de Ranferí Aguilar, el cual se identifica con la vida y la espiritualidad maya.
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Tambores rítmicos junto a una voz dinámica abren el nuevo disco de Ranferí Aguilar, Nacimos sin miedo. A partir de entonces inicia un viaje musical que transita entre historias, niñez, leyendas, retratos, evocaciones y reflexiones.

Para ello, el ex guitarrista de Alux Nahual, hoy de 49 años, se acompaña de cinco músicos y de una colección de instrumentos acústicos y electrónicos: sintetizadores, guitarra acústica, bajo eléctrico, flautas de barro, percusión y voces femeninas, que lo separan de la estética y tímbrica cultivada en sus discos anteriores, en los que el elemento electrónico estaba soslayado.

Con ese nuevo componente, Aguilar no abandona el espíritu que alimenta su línea musical (etnofusión) y que cultiva desde hace siete años, cuando lanzó El hacedor de lluvia. Lo que sucede es que ahora este compositor teje fino y se adentra casi a una nueva experimentación tanto estética, como rítmica y melódica.

Además, deja las leyendas y los cuentos míticos del pasado para adentrarse al mundo real y de hoy, de los niños indígenas. La placa nace, explica su autor, de la convivencia que tuvo con la comunidad de San Gaspar Chajul, Quiché, una zona del país muy golpeada por la guerra y el abandono.

Desde la primera canción, Globo de fuego, esa mezcla de sonidos acústicos y electrónicos, con una fuerte pulsión rítmica y una voz principal desinhibida, áspera y viva, se trenzan de manera proverbial. De hecho es una canción estimulante, en la cual le reafirma a los niños: “¡Vivimos sin miedo!” Luego, si el oyente tiene cuidado al escuchar la instrumental Lluvia y Sol, esos pitos ancestrales y percusiones acústicas, ese fondo de acordes cautos de los sintetizadores le confieren lozanía y un vuelo más alto a la pieza.

En Nawales de mil colores, una de las más preciosistas composiciones de la placa, los coros, sintetizadores y guitarra acústica, a tiempo medio, dan en el blanco en lo melódico, y de paso ilustran, colorean, invocan, animan y divulgan los nawales, un tema eje en la cosmovisión maya.

Más adelante en este viaje sonoro, en Corazón de los niños ixiles, Aguilar le da la voz cantante a los niños, y en su propio idioma. Aquí busca que ellos retraten ese mundo inocente, feliz, soñador, ocurrente y esperanzador mediante una composición en tiempo medio donde la voz infantil se amalgama con un coro adulto y una voz principal (aquí melodiosa), sobre un ritmo muy marcado, al que se le unen sintetizadores, guitarra y pitos. Su melodía es dulce, comprensible
e inocente.

Y así, en este nuevo disco, Aguilar prueba que no relega las texturas de sus discos anteriores. Prueba clara es la instrumental La leyenda del pájaro Cot. En ella son pitos, percusión acústica y electrónica los únicos protagonistas. Austero y sencillo, en Llamado al cerro protector, una pieza brevísima y evocadora a base sólo de voces adultas e infantiles y percusiones que en forma ascendente adopta por su clave y temperamento, un ritmo ondulante cuasi caribeño. Este tramo es curioso, a la vez redondo, y no perturba en nada al disco.

Ahora bien, al buscar el equilibrio se asoma a un lado más comercial en Nuestro derecho a soñar. Aquí es más complaciente, si se quiere, y abraza el new age. De ahí que sea más melódico, sosegado y fluido. Sin sobresaltos. Por cierto, la canción trata sobre guardar y defender los sueños que todo caminante de la vida necesita.

Con este disco Aguilar se confirma como el mayor exponente de una música que podría considerarse neomaya. Y no, no es para escandalizarse ni tampoco es una intemperancia. Lo que pasa es que este compositor desde hace tiempo parece estar muy identificado con la vida y la espiritualidad maya.Una cosmovisión que por cierto le insufla fuerte inspiración.

A veces pienso que entra en contacto con esos registros del mundo invisible que los científicos dan en llamar: campos morfogenéticos. De ahí puede que Aguilar beba para producir con naturalidad una nueva expresión musical guatemalteca de raíces étnicas que se reclina en la profundidad, en dimensiones imposibles, en la identidad y en el argumento.

Por último, el viaje musical no lo hace solo. Ranferí canta, toca guitarra y teclados, pero le asisten Carlos Chaclán, en las flautas y voces; Mynor García, en la percusión y voces; José Juan Monzón, en el bajo y apoyo en los teclados; Adriana Valdez y Ana Lucía Orozco, en las voces-

Nacimos sin miedo,
De Ranferí Aguilar. Kyria producciones, 2009.

T. Jorge Sierra. jorosierra@hotmail.com
I. Alejandro Azurdia. aazrudia@sigloxxi.com

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